La reciente elección presidencial en Chile deja una lección que la izquierda latinoamericana —y en particular la colombiana— no puede seguir ignorando sin pagar costos cada vez más altos. No basta con tener la razón histórica, ni con exhibir diagnósticos certeros sobre la desigualdad, la exclusión o la injusticia social. En democracia, ganar no es gritar más fuerte desde la trinchera: es convencer a las mayorías.
Chile acaba de recordarnos una verdad incómoda: los proyectos políticos que no logran dialogar con el centro terminan hablando solos. Y cuando eso ocurre, el poder no queda en manos del pueblo organizado sino, paradójicamente, de fuerzas conservadoras que sí entendieron cómo sumar, cómo moderar el tono sin renunciar a sus intereses, cómo leer el miedo y el cansancio de la sociedad.
Durante años, una parte de la izquierda ha confundido coherencia con cerrazón. Ha creído que ampliar el espectro es traicionar principios, cuando en realidad es la única forma de convertirlos en políticas públicas reales. Gobernar no es resistir eternamente: es transformar. Y para transformar se necesita mayoría social, mayoría política y mayoría electoral.
La centroizquierda no es una concesión vergonzante al establecimiento; es el puente indispensable entre la indignación legítima y el cambio posible. Es el lenguaje que entienden los trabajadores informales, las clases medias endeudadas, los pequeños empresarios, los jóvenes sin futuro claro y también quienes, sin ser de izquierda, saben que el país no aguanta más desigualdad.
Colombia no es una excepción a esta regla. Aquí también hemos vivido el espejismo de creer que con la sola épica de la izquierda alcanza. No alcanza. Nunca ha alcanzado. Cada derrota debería habernos enseñado que sin el centro no hay victoria, y sin victoria no hay reformas, ni paz completa, ni justicia social.
Por eso insisto —y lo hago con plena conciencia histórica— en que el camino no es la fragmentación ni la pureza ideológica, sino la convergencia amplia. Un proyecto que represente a la izquierda social y política, pero que convoque al centro, un centro reformista y moderno, que no es tibio. Un proyecto que no asuste, sino que entusiasme; que no divida, sino que sume.
Ese es el desafío del momento. Y también, con humildad pero con determinación, es la tarea que estoy dispuesto a asumir. No como un mesías ni como un caudillo, los demócratas no creemos en mesías ni en caudillos, sino como un punto de encuentro. Como una opción real de poder para una mayoría progresista que quiera gobernar Colombia y no solo lamentarse de no poder hacerlo.
Chile nos habló. Ojalá sepamos escuchar antes de que sea demasiado tarde.